Cómo controlar los nervios en las presentaciones en público

Los nervios forman parte regular de las presentaciones. Incluso el orador más experimentado tiene su hormigueo al principio de cada presentación o discurso. Es entendible que todo aquel que va a tener una actuación responsable e importante tiembla. Está demostrado que se tiembla por espacio de dos minutos aproximadamente, al cabo de los cuales la sensación de nerviosismo desaparece y el ponente pasa a ser dueño de la situación. A este fenómeno se le denomina precalentamiento. Es el brevísimo espacio de tiempo que requiere la sabiduría inconsciente del cuerpo para reanimarlo y ponerlo a punto para sortear el desequilibrio que provoca la carga de tanta presión y responsabilidad porque todo salga bien.

Durante esos dos minutos, la energía interior se dispara circulando de forma excepcionalmente activa, provocando la sensación característica de los nervios, manifiesta con temblores en la voz, en las manos, en las piernas y, según los casos, hasta con dosis de sudoración y de bloqueo que lleva a discurrir con una clara sensación de impotencia. Se presente como se presente, no son nervios. Si fueran nervios generados por el miedo, crecerían hasta el bloqueo total y tener que cortar por donde se pueda la intervención.

El precalentamiento no se puede controlar o suprimir. Simplemente pasa. Cabe aceptarlo sabiendo que en dos minutos desaparece. Los nervios son otra cosa y tienen que ver con el deseo de actuar bien y de realizar una intervención irreprochable y exitosa. Queremos sacar buena nota y nos jugamos el éxito en cada ocasión (una muestra más de que el éxito depende de la comunicación). Se trata del afán de aprobación, de temor al ridículo y de las ansias por "sacar buena nota".

La tensión nerviosa es una necesidad para cualquier persona que tenga que actuar en cualquier situación. Gracias a ella se produce la secreción de adrenalina, una asombrosa e inestimable sustancia que despierta y tonifica por igual las funciones del cuerpo y de la mente. Ello explica el hecho que las actuaciones en público salgan mejor cuando uno se ha sentido nervioso previamente, por eso hay que aceptar ese precalentamiento con expectación y comprensión, ya que con un poco de suerte, se pueden convertir en sus aliados.

Sin embargo, el problema de los nervios tiene remedio.

  • Primero: Todo comienza con cambiar la idea que nos mueve a estar pendientes de actuar bien y, consecuentemente, de mendigar la aprobación del público y conseguir los elogios y halagos del público. Todo aquel que habla en público, todo aquel que transmite conocimientos, todo aquel que informa o tiene que hacer una presentación en público, por las razones que sean, ya está poniendo en marcha un acto de responsabilidad de liderazgo, y ¿qué hemos dicho anteriormente sobre el liderazgo? Que todo líder es ante todo un servidor y, por tanto, un líder no pide, sino que da. Si hacemos memoria veremos que no hemos tenido nunca ocasión de temblar por dar algo a alguien, pero es bastante probable que encontremos un buen número de oportunidades en las que hemos temblado por pedir algo, ya sea un aumento de sueldo, una nota más alta en un trabajo de investigación, o una simple golosina. Hemos temblado por pedir algo que valorábamos como muy necesario para nuestros intereses.

No hay nervios en el que da lo que da de verdad. Por lo tanto, cabe muy bien reflexionar acerca de estas cosas y sustituir la idea generadora de la emoción disolvente que, con las mejores intenciones, anhelamos suprimir a la hora de concretar nuestras presentaciones en público.

  • Segundo: Debemos comprender que, una vez hayamos empezado a hablar, los nervios desaparecerán por sí mismos. El corredor de fondo puede sentirse muy nervioso y vomitar durante los ejercicios de precalentamiento, pero nunca cuando se encuentra ya en la posición de salida. El orador público puede empezar a temblar antes de empezar a hablar, pero cuando emite sus primeras palabras y comienza a oír su propia voz, sus cuerdas vocales se templan (calman) y su inquietud desaparece.
  • Tercero: Hay que recordar que los sentimientos son internos y que el auditorio no tiene por qué conocerlos, a menos que los reveles con frases estúpidas como “soy un saco de nervios”. Otra forma de revelar los nervios es la ausencia de contacto visual con el público. Un público experimentado puede captar ese estado de ánimo en la lengua temblorosa del ponente y en los labios secos del orador, y el auténtico error es mantener la vista en el suelo, en el techo o en los apuntes. Por tanto hay que mirar al público a la cara. Si fijas los ojos en los de las personas que le escuchan, estas dejarán de prestar atención a tus posibles errores y se concentrarán a su vez en tus palabras.
  • Cuarto: Evita cualquier forma de movimiento o tics nerviosos que puedan delatar tu estado de ánimo, como ponerse la mano en la boca o en los bolsillos, acariciarse el pelo o mover los apuntes de un lado a otro de la mesa. También es aconsejable colocarse en una postura en la que esté cómodo.

Y recuerda, el líder da.