Querer ser alguien en el trabajo

¿Adonde queremos llegar? A la hora de trabajar, no solo es importante el trabajo sino las ganas de trabajar y el deseo de desempeñar bien tu tarea. ¿Quién queremos ser? ¿Alguien normal, bueno, muy bueno, el mejor en nuestro campo o el mejor del mundo? Muchos desean triunfar pero pocos están dispuestos a realizar el sacrificio que eso realmente conlleva. Un espíritu sacrificado y magnánimo es necesario para conducir a buen puerto tus metas.

Desde otro punto de vista, Aristóteles concedió gran importancia a la magnanimidad. Él consideraba que era una de las virtudes características del hombre noble. Ahora bien, para la sensibilidad del siglo XXI, la magnanimidad aristotélica tiene algo de odioso, porque revela una actitud olímpica y prepotente. Dice Aristóteles que el magnánimo gusta de realizar grandes favores, lo cual es excelente. En cambio, no le hace ninguna gracia que se los hagan; y, si le hacen favores, no le agrada en absoluto que se lo recuerden. No quiere depender de nadie. Es autárquico. Al dejarme ayudar, sin embargo, abandono la actitud de autosuficiencia y aprendo a apoyar a los demás.

Esta claro que una actitud magnánima, con las ansias de triunfar y de querer ser “un buen fruto” puede llevarte en ocasiones a la prepotencia y a creerte que sabes de todo o que solo tu puedes hacerlo del modo correcto. Sin embargo, como decíamos, si uno aprende a dejarse ayudar, también aprende por tanto a apoyarse en los demás y a dialogar, formando una única identidad con su alrededor.

Hablábamos ahora de las ganas de ser alguien y del deseo. Pues bien, muchas veces lo que deseo no coincide con lo que necesito. Con esto no nos referimos únicamente a los caprichos y a bienes de segunda categoría que quizá podemos pensar que son imprescindibles pero que no lo son; hablamos también de anteponer las verdaderas necesidades antes del querer. Un ejemplo de esto último lo tenemos en la película Gladiator: Máximo le pregunta a su criado que qué es lo que hace, a lo que él contesta que algunas veces hace lo que quiere, pero que la mayor parte del tiempo hace lo que debe. Pues bien, ese es el verdadero espíritu de la persona magnánima. Anteponer el deber al querer. Saber ver qué es verdaderamente importante y necesario como para desearlo con tanta fuerza que te haga llegar a él. Ver si realmente el fin de tu deseo es algo grandioso, o es simplemente un capricho banal.

En esta onda podemos también distinguir lo superfluo de la necesidad, hay que saber hacer una buena distinción de estos dos términos para saber educar tu personalidad. Todo lo que contribuye al logro de mi vida, al desarrollo y expansión de la actividad del espíritu, es necesario y conveniente. Los auténticos bienes son los que dilatan los horizontes de mi ser y potencian mis operaciones más propias, forjándose así mi personalidad. Esto se consigue en gran medida gracias al trabajo, sabiendo distinguir qué tareas hay que realizar primero; y también en la vida cotidiana, sabiendo decidir entre lo verdaderamente importante y entre otras actividades que quizá son un poco más superfluas.

De ahí radica la fuerza del emprendedor: querer crear, expandir y proyectar un deseo que tiene en mente. Un deseo que realmente piense que es necesario o bien que puede ser una buena decisión de compra por parte de los consumidores. Saber decidir qué puede tener éxito y qué no puede tener éxito ya es un punto fuerte en la personalidad de cada uno: te haces observador, empático para saber como tratar a las personas y ver cuales son sus preferencias… Consigues realmente esforzarte por hacer las cosas bien para que el proyecto ideado funcione a la perfección. Y sólo se consigue con el saber: tener la capacidad de saber más, de innovar, de aportar y de crear.